domingo, 13 de marzo de 2011

El tiempo atmosférico



Guarda mi teléfono móvil. Guárdalo en lo más profundo de tu abrigo, junto a los tickets de metro y los céntimos caídos, porque esta noche no lo quiero mirar bajo ningún concepto. Esta noche voy a ser un ente libre de esos que miran por la ventana en las fiestas y dejan que se acerque cualquier chica guapa para hablar del tiempo atmosférico en París.

¿De qué planeta viniste? Algunos amigos me han dicho que te han visto cruzar la calle, justo enfrente de Place de la Sorbone, y que parecías parte de la calle, con todos esos arbolitos tan quietos y tan necesarios de esquinas donde agarrarse. ¿Pero como te llamas? Me han comentado que apenas tienes clases, y que solo vas a la universidad para comer más barato ¿Dónde has dejado esas gafas negras que te ocupan toda la cara?

Y suena un claxon en la calle. La noche parece arreciar con sus luces incandescentes, en Rue Alesia, y se convierte en un anticipo del verano. La chica se asoma también a la ventana. Mi corbata se aprieta con fuerza a mi cuello. Hace muchos días que dejé de afeitarme. Y ella empieza a hablarme de su país, y de las cosas que hace aquí, como si sus palabras fueran un río de dialectos, de geografías y de heridas que nunca terminan de cerrarse. Esos diez años de colegios y camicaces en un pueblo del este. Los viajes al norte de Italia siempre los hacía en compañía de amigos, o se llevaba a algún nuevo chico que acaba de conocer en un bar, o en una plaza, mientras alimentaba a las palomas. Y viene el silencio de nuevo entre los dos. La ventana se abre mucho más y la noche se hace más esplendida.

Yo tenía un novio que vivía en París. No era parisino pero vivía en París. ¿Tú no eres parisino? ¿Tú de dónde eres? De repente entiendo que mi vaso de cerveza se ha acabado. Me gustan más los vasos rojos que las botellas de vidrio verde. La música está sonando unas voces que me resultan familiares. Algo en italiano, algo en inglés. Las nuevas tendencias. Algo en francés. Espera. Llevo dos horas en esta ventana hablando solamente francés. No puede ser.

Tú no eres una fotógrafa checa que hace posar a sus amantes desnudos con manzanas verdes entre las manos. Pero me da igual. A fuerza de noches y de ventanas he entendido que eso no existe. Perdona. He entendido que eso existe en los demás. Háblame de tu novio de París. ¿Es que no te llevaba a pasear por las orilla del Sena? Ese río está inscrito en mis venas y hace las mismas curvas cuando se adentra en mis órganos.

Y fumas mirando los coches pasar. Mañana, en alguna playa del norte de Francia, llegarán con sus barcos las gaviotas y los días grises. Pero esta noche hace el sol de todos los agostos. Tus agostos han sido muy distintos a los míos. Los míos hablan muchos dialectos, hablan de arenas artificiales y de sombrillas mal clavadas que persiguen a los bañistas. Tus agostos hablan de nombres declinados y de apartamentos sin luz eléctrica. Pero que bien que se está en París cuando se tiene 20 años. Pero tú tienes mucho más de veinte.

¿Cuánta distancia hay desde la ventana al suelo? ¿Es la misma que de la ventana al cielo? Yo marcharía por toda la ciudad con un paraguas abierto, aunque no lloviera nunca. Estos momentos han sido creados para ciudades como estas. Ahora agarrarás un taxi, le darás tu dirección al señor argelino, y mientras miras todas las farolas encendidas de la ciudad, pensarás que tu peinado no ha sido el adecuado esta noche, o que tus comentarios no han resultado interesantes.

Esta historia ya no es importante. Algunas veces todo es tan impredecible que ni aparecen las respuestas en el espejo. Acabas tu noche en la misma ventana, viendo como fuman los demás desde la calle, hablando del calendario Maya con una persona que nunca ha oído hablar de Pedro Páramo.

Piensas que su novio fue un cretino por no llevarla a pasear por las orillas del Sena. Pero tú quizá tampoco lo hubieras hecho. O si. Se bajará del taxi y tardará diez minutos en dormirse. Pero tranquilo, buscador de poesía en los vasos de vino, a ti aun te queda buscar la frase oportuna entre tus propias almohadas, entre las aceras mojadas, entre las mangas de tu camisa, entre los cuadros de la pared, entre las canciones que salen del tocadiscos, esa frase que sería más o menos: “Perdona, pero esta ventana abierta es solo mía por ahora.”

Y busco el móvil entre los bolsillos de mi chaqueta. Contento y mascullando palabras en francés.

viernes, 11 de marzo de 2011

La caída



Permanecí durante media hora callado. Solamente podía mirar hacia arriba. Esas luces que pasan desapercibidas todas las noches y que sin embargo se encienden en todas las miradas, en todos los hogares cuando se aparecen los silencios. Mi cabeza estaba sobre el asfalto. Lo sentía frío y húmedo, como si corriera por mi frente un río helado que me dejara escarcha en las pestañas y me impidiera moverme con normalidad. Las manos las tenía envueltas sobre el pecho, cuyas elevaciones se hacían pausadas e irregulares. No podía respirar bien. No me sentía el oxigeno pasando entre las venas, entre los orificios nocturnos de mi cuerpo. Un sabor metálico invadió mi boca. Sentía que de mi labio se abría una grieta profunda que emanaba sangre, una sangre oscura como el cielo que sobre mi cuerpo se apresuraba. Las piernas estaban estiradas. Mi cuerpo se esparcía sobre la calzada, sin poder articular gesto, sin responder ante ningún estimulo de la sociedad.

Yo miraba solamente hacia arriba. Vi una noche oscura con sus astros, unos astros que juro, solo veía yo. Se pagaron las luces de los coches. Las farolas cesaron de iluminar todas las esquinas. El frío se congeló en la puerta de los comercios y en los árboles desnudos (esos que se mueven como ángeles desaparecidos). El viento escampó y dejó las plazas y las bocacalles. Yo miraba solamente hacia arriba, como un perro herido de soledad, como las flores se acurrucan en la tierra justo antes de ser cortadas por el jardinero, como un católico mira hacia la cruz, con miedo, pero seguro de ser también la cruz.

No recordaba nada. La cabeza no me dolía aún, pero me faltaban veinte minutos para que comenzara a girarse entre pensamientos atrasados y problemas venideros. Todos los muertos de París deben estar sobre las colinas, entre las aguas del Sena, esperando en una parada de autobús, haciendo fila para recibir una sopa caliente o paseando a solas en una calle desmedida y azul noche. Se hizo el más absoluto silencio, de esos silencios que te duelen, que hacen más ruido que un ejército de voces. Y mis ojos se poblaron de otras noches, de otros besos, quizá nunca dados, de otras conversaciones que nacieron de la cebada o de la uva. Y mis ojos empezaron a iluminarse y a llorar. Y no sabían por qué lloraban. La sangre renunciaba a mis labios y se dejaba querer por mi mejilla, goteando en el asfalto.

Pensé en los que ya no están, y los vi a todos, paseando tranquilamente, cercando mi cuerpo dolorido, mi cuerpo con respiración pausada y trabajosa. Vi las manos de mi padre, agrietadas como la geografía y los mapamundis. Percibí una procesión de bicicletas: mis amigos de Granada, que se alejaban de mí, y no escuchaban mi llamada, las personas corrientes de Lorca, que hacían las mismas cosas que cuando era pequeño, sin mirarme siquiera. Vi el bien y el mal, en las ruedas circulares de todas las constelaciones, y todas estaban escritas en francés.

Elías y Antonio me encontraron con los ojos cristalizados, con la boca rebosando de sangre y unas palabras que no atinaba a acertar con la voz. Me dijeron que quizá estaba rezando al dios de la escalera, el que aparece en todos los pasillos de las fiestas que organizamos, el que se representa en forma de canción los sábados por la noche, en plena recogida, el que me habla cuando, tras una esquina y un despiste, percibo la sombra de Notre Dame, entre los árboles y los puentes.

La rueda delantera de la bicicleta se había roto por completo. Me ayudaron a levantarme. Mis piernas respondieron y tuve que cerrar los ojos para no marearme. Seguía sangrando. Mi respiración se recomponía. Pero la ciudad era distinta a un metro sesenta de altura. La ciudad volvió a ser la misma de siempre. La de los estudiantes perfectos vestidos de azul. La de los cigarrillos liados a destiempo. La de los fuegos de los amantes ajenos.

Si les soy sincero, nunca hubiera imaginado que el paraíso estuviera tan a ras de tierra. A apenas unos centímetros del alquitrán y los orines de perro y de borracho.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Domingo de Carnaval





Algunos lo están escuchando desde la mañana. Se levantan, se enjuagan los ojos con el primer líquido que encuentran y se asoman a la ventana. Al dios de la escalera y al de los bajos fondos. Al dios de los atascos y de las colillas mal apagadas en el metro. Gracias por hacer de esta tarde de domingo un cielo más azul que el asfalto en primavera.

Los tranvías cruzan las calles y las hacen paralelas. ¿Quién se sube en ellos? ¿Quién baja con una barra de pan, o con un ramo de flores que acabará en una cama desecha y olorosa a flores? Somos todos nosotros, los que ocupamos las calles, los que hacemos sonar la música (si, la hacemos sonar, no la escuchamos). Somos nosotros, los que paramos la calle este día y llamamos a la policía para que acordonen la zona. Las trompetas soleadas a un lado, los tambores de piel de colores en otro lado. Las cervezas están corriendo de boca en boca y parece que ninguna gota llega a caer al suelo.

Giramos por la avenida. El cementerio de Pére Lachaise adquiere un carácter distinto a todas las otras veces. Pienso en la checa que me trajo el frío, y en como cada epitafio parecía una casa deshabitada. Pienso en mi hermano y en cada historia que se rompía contra el mármol y la lluvia. Pero esta vez es distinto. Queridos dos, ahora se escucha un sonido diverso al de las hojas barriendo el polvo y el granito. Ahora la gente baila por las calles.

Por la izquierda, entrando en el barrio de Belleville, se acerca a nosotros un grupo de personas vestidas de caballeros medievales. Todos llevan cascos y espadas de maderas. La mano derecha libre para una botella de tequila, o para agarrar los dedos de la pareja improvisada. Las fortalezas que asaltar hoy no se llaman castillos o imperios, hoy se llaman facturas, hipotecas y Jasmine Trinca. Detrás de nosotros, un coche descapotable sacado de un desguace toca el claxon y deja la marca de sus ruedas en los pies de todos los transeúntes. Sobre él dos chicas bailan casi sin camiseta y con un ritmo muy alejado de cualquier música que suene. No son guapas. Pero nosotros tampoco.

Escuche, señor, ¿Usted sabe el camino de todas estas vidas? ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué han dejado por un día sus trajes de chaqueta, sus corbatas, su malhumor en la espera del metro, sus batas de enfermeros del ánimo y de la luz? ¿Por qué París no es siempre un domingo de carnaval, y hace sol, y la gente sonríe, y si se chocan hombro con hombro, no mascullan injurias y profecías, sino que brindan con una cerveza? ¿Por qué, señor vestido de puta de los años veinte, por qué las calles hoy parecen más grandes que nunca?

Dejamos atrás el cementerio. Adiós señor Delacroix, mucho gusto Jim Morrison, conde de los experimentos alucinógenos y del sexo bíblico al aire libre. Nos veremos pronto, señor Miguel Ángel Asturias, en una clase de Granada. No dude en escribirme, señor Largo Caballero, comprendo mejor que nadie ahora mismo lo que puede significar estar en el exilio (pero el mío es necesario y voluntario). Y en el reino de los vivos la vida sigue diferente. Comenzamos a bailar poseídos por un ritmo extraño. Las máscaras las llevaba cada uno en su interior. Empiezan a aparecer por todos lados amigos. Números de teléfono que nunca llegan al móvil. Vámonos al vasco, que se está haciendo tarde. Desde las ventanas, abiertas y llenas de niños y viejos, se tira confeti. Tú, que el vasco siempre se llena. Vámonos dos. ¿Por qué París no será siempre una fiesta de carnaval? Los muertos con los muertos, los vivos con los vivos. Los colores todos en línea. Setenta y cinco por ciento del París que no pensaba encontrarme, encerrado en una calle. Y por unas horas ignorando que también existe el hambre y el mal en esta ciudad.

sábado, 5 de marzo de 2011

Viaje al fondo de la noche



Conducía por la ciudad, sonámbulo. Giraba en cada esquina dejándose llevar, invadiendo un poco el carril contrario, a esas horas de la noche, vacío, y miraba impasible las farolas pasar por el otro lado de la ventanilla, como si fueran luces de una guerra a la que no ha sido llamado.

Bajaba los cristales. Absorbía el aire fresco de este invierno, hecho a base de despedidas rotundas y plazoletas vacías y paradas de autobuses. En cada baldosa hay una pareja besándose: los gorros sobre la cabeza que se dejan caer con un movimiento improvisado al suelo, las manos que escalan hasta las mejillas, eso que nosotros llamamos frío, cuando estamos detrás de una cerveza y sabemos que nada de esto es verdad, que solo sale en las canciones.

Un cigarro. Tres caladas. Saca otro del bolsillo. Era el último. Las tres caladas eran la última. A veces ocurre que ves una sombra más alta de lo normal. Y él detiene su coche, como si fuera un paso de cebra. Apaga las luces y deja sonar la radio, lo que esté pasando por el dial. Y la ciudad se vuelve totalmente distinta. Se incineran los monumentos con sus volúmenes de majestades pasadas, el asfalto se vuelve una alfombra para mendigos y borrachos, y la necesidad de seguir girando por la ciudad te atrapa hasta que la gasolina aguante. Y el señor se acomoda en el asiento. Cierra los ojos y sabe que no está solo del todo, que aquello que perdió no volverá más. Se lamenta. No está solo del todo. París se le representa como una prostituta.

Tío, me gustaría tenerte a mi lado esta noche. Tú conducirías. Eso es lo que te gusta a ti. Elevas la marcha cuando pasamos Denfert Rochereau y la maquina se desliza suave justo cuando Port Royal se convierte en tres calles hacia tres vidas diferentes. Estas son las carreteras que siempre hemos buscado. Estas carreteras que se alejan de las personas, que se alejan de los sentimientos más ocasionales. Las carreteras de los amantes que se desprecias, de las chicas que se vuelven solas a sus casas y llorando, las carreteras de los taxis en doble fila y de los inmigrantes que buscan su casa detrás de un cartel publicitario o en la geometría de una estrella ya apagada.

A mi me da igual qué parte de la tierra sea esta. Como si es el infierno. Yo te veo a ti, conduciendo como si caminaras sobre seda. Es el infierno, querido amigo, este infierno que tú y yo imaginábamos en otros infiernos más desolados, sin chicas a la que gustar, sin calles por las que atraparnos, con horarios y explicaciones.

Atravesamos varias veces el mismo puente. Seguro que de tantos siglos de trayecto que ha tenido, se caerá justo cuando nosotros lo pasemos. Estamos destinados a nadar dentro de las algas del Sena, esas plantas que deliran dentro de los cuerpos de los ahogados. Metes la marcha. Ha cambiado la música. Esto es París pero podría ser Chicago de los años sesenta, o el Liverpool de la resaca. No te confundas, amigo. Esto es París y no tiene más nombres.

Yo estoy llorando. No sé tú. Estoy llorando. Solamente espero que antes de salir del bar ese chico le haya pedido el número de teléfono a la señorita que no dejaba de mirarle, que se acodaba en la barra como esperando una propuesta de matrimonio que comienza con un nombre mal entendido. Yo estoy llorando porque él la acompañará a casa y ella no se atreverá a invitarle a subir. Eres un romántico. Mira por la ventana. El cristal se empaña con la respiración. La respiración es un elemento de París que fácilmente olvidamos. Pero todo esto en la mente. Respiramos porque giramos con el coche. Estamos en el coche porque es la París que creamos hace muchos años, en las calles más hambrientas del planeta.

No hay paradas en la noche. La gasolina aguantará unas horas más. Las chicas siguen recogiéndose solas. Siguen las escaleras vacías hacia ventanas abiertas. De las cúpulas nadie sabe nada. ¿Este viaje lo hemos hecho ya antes? No lo sé, amigo, pero hay cristales que no empeñan la soledad de dos vidas encontradas, por la casualidad de las carreteras.

Oh Paris, tu bellísima puta histérica. El hombre aparca el coche. Desciende. Tú estás en otra ciudad diversa, donde la gente habla mi lengua pero no mi idioma. Pero esta noche hemos recorrido ese trozo de vida asfaltada que nos prometíamos cuando no sabíamos conducir. Y fue París, la prostituta que nos prestó sus ruedas durante un momento que mi cabeza escuchó de una canción.

martes, 1 de marzo de 2011

La storia



La historia somos nosotros. Somos nosotros quien hacemos la historia. La historia es un coche que se deja llevar a las dos de la mañana en el Barrio de San Lorenzo, entre antiguas barricadas comunistas y farolas trasnochadas. La historia es el cruce de una calle, es el árbol que se dibuja en Rue Mouffetard antes de dejar de ser rue. Es mirarte los bolsillos de la chaqueta tras dos meses y encontrar un número de teléfono que creías perdido. Es una parada de metro que se hace suspense antes de que se abran las puertas, justo en el momento precedente al que sigue a la música de tu aparato electrónico.

La historia somos nosotros. Encontrar en tu habitación, vacía a fuerza de noches de pensamiento y billetes rotos, un libro que leíste hace años. Es quedar en una cafetería con la persona equivocada. Asistir a las clases de la universidad sabiendo que no entenderás nada de lo que digan, y que lo importante es entender lo menos posible. Es un pasaje de avión hacia alguna parte de Italia, con su vuelta a París. Es una noche mirando Notre Dame desde Shakespeare and Company y observar que el perro de la cocina te está mirando a ti, y que tu miras las torres y el río, pero el perro te está mirando a ti. Es una botella de vino que no quiere abrirse con los dedos porque no tienes abridor. Es un cuadro del Louvre al que le sacas un nuevo movimiento de boca.

La historia son ellos también. La historia es que ayer murió la musa de Bob Dylan, esa que no sabía cantar ni bailar ni pintar ni escribir, pero que tenía una pose bonita. Y algunos dicen que no tenía ni una pose bonita. Pero tú escuchas una canción del viejo Bob y la ves a ella, caminando agarrada de su chaqueta y fumándose fumar toda la calzada. La historia es que tú escuchas Lay Lady Lay y ves su rostro en todas las caras femeninas, como si ella fuera un todo. Y sientes la canción en los raíles del metro y debajo de las autopistas. La historia es una tarde arqueológica en el Aventino y sentir que la vida no tiene más que decirte porque lo está diciendo todo ya. La historia es despreciar el lujo de París, y preferir las aceras encharcadas de orina y de alcohol a los grandes comercios de joyas y cafés industriales.

La historia es volver a París, después de cinco años que fueron una semana, y escuchar una nota de Jazz como si te hablara tu padre desde la distancia de los siglos. Es recogerte solo a tu casa, a lo Bruce Springsteen, con las manos en los vaqueros, come un Killer sotto il sole, y comprobar que los caminos se hacen más largos que nunca y más oscuros que nunca.

La historia es París, es que mi amigo se haya encontrado de repente a su argentina, con la casualidad de las discotecas y las cervezas de más de las doce, que todas las aguas del planeta se destronen de sus cauces, que los etruscos sigan despertándose de sus tumbas cada martes a las once de la mañana y que por La casa del sol naciente siga saliendo el Sol.

La historia, queridos amigos, es un entrada a Coldplay que se convierte en una semana de autostop hasta Venecia. La historia es una mirada tras los cristales de un café. La historia es casualidad. Es un color surgido de la noche. Es mirarte al espejo y decir: carajo, que grandes somos con poco.

sábado, 26 de febrero de 2011

La otra



A la sombra del último sol. A la sombra del último sol que han visto mis ojos. Sobre mis pies se desliza la vía Appia Antica. Todos los caminos conducen a Roma, pero hay muchos que también parten de ella. Los grandes adoquines de la calzada resisten el calor de todos los veranos, las luces veladas de todos los inviernos. El escenario es diferente al acostumbrado. Los personajes son los mismos. Somos los mismos. La ciudad cambia, no los cuerpos.

A mi lado un romano con aires de intelectual fuma. Está callado. Nos miramos como se miran las piedras que llevan milenios de frente. No tienen nada más que decirse por el momento. Y callan. A lo lejos se ve una hilera de pinos romanos, alargados y uniformes, como si quisieran formar parte del cielo. Estamos bajo un cielo azul. En Roma comprendimos que el sol también existe.

Esperamos el autobús. Hemos caminado cinco kilómetros entre huellas impresas por anónimas pisadas, por grandes emperadores, y por pequeñas historias cotidianas que forman la mejor de las tragedias. Los coches esquivan los muros. Los muros nos protegen a la sombra de una historia que hacemos nuestra. Bajo nuestros pies se hallan las catacumbas. Millones de epitafios. La muerte es la luz hacia la eternidad. Llévame contigo, mi Señor. Hágase la luz. Mucho que ganar. Mucho que perder.

El humo se difumina con el viento. Hablamos tranquilamente. No tenemos necesidad de comentar nada. Sentimos como crecen los pinos en la distancia, como se movilizan todas las pasiones y tristezas de la tierra ante nuestros ojos. Somos parisinos que hemos dejado el vestido por unos días y volvemos a ser romanos. Un acueducto transporta el agua que hace dos mil años saciaba la sed de los campesinos, en este lado de la ciudad. Un templo asalvajado por las flores se entromete entre mi mirada y una esquina. Las colinas de la ciudad se comprometen entre un río que las va dejando cada vez más pequeñas. París queda muy lejos bajo el cielo. París queda realmente lejos. Se acaban los cigarrillos. Siguen pasando los coches. Siguen las cúpulas sobrevolando los desiertos italianos. Se escuchan las campanadas, distantes, como si llamaran a una oveja perdida desde kilómetros de distancias. París queda muy lejos de estas campanadas.

La felicidad no puede quedar muy lejos de este sosiego. No puede estar muy distanciado de este silencio, de estos templos envejecidos a fuerza de miradas enamoradas. La felicidad debe estar cerca de quedarse aquí toda la eternidad, en esta parada de autobús de la vía Appia Antica, entre catacumbas y pinos romanos que excavan las tierras antiguamente trabajadas por los ríos.

Vincenzo, gracias por enseñarme momento como este. Por hacerme comprender que la vida se puede detener a veces en un instante, en una calle improvisada, en una calle abandonada por los transeúntes.

De nada, hermano, esta es nuestra ciudad. La mía. La tuya.

Y la mañana se quedó quieta, dispuesta a ser tarde, con un olor a tomillo y a Eneida que completaba todos los espacios.

Caminamos un poco más hacia las puertas de Roma, impacientes por el autobús que no llegaba. En un lateral un mármol callado hablaba con una inscripción:

Domine, quod vadis?

No estoy seguro, pero tarde o temprano deberé volver a París. No todos los caminos pueden elegirse.

lunes, 14 de febrero de 2011

Capicúa



Llenos de vida, como si no existiera nada más grande sobre nosotros. En el lado más humano de los milagros. Veinte grados en París. Y camina la tarde por Jardin des Plantes, en lo alto de un sendero luminoso y encendido de hojas secas. Bajo la cúpula de nuestro Gólgota. A lo lejos el Sena curvándose como una mujer desnuda sobre una cama fresca. La mezquita que huele a té y a revoluciones verdes. Las parejas a nuestro lado, besándose como si nos besaran a nosotros. Algún día veremos de verdad el mar. El tiempo no pasa por algunos rincones de París. Somos eternos, pequeño fotógrafo de tristezas. Esa mujer debe ser prostituta. Nos mira muchísimo. Cuarenta años. Busca algo en su bolso. París está llena de pequeñas cosas que terminan siendo grandes noches. El Sena sigue desnudándose. Que bien huele Ipanema en invierno. Apunta su dirección en un tique de compra. Las botellas de vino que nos habremos bebido. Vemos los labradores haciéndonos el paladar ceniza, desde un campo del sur de Francia. Será una madre que está haciendo un descanso en su trabajo. Podría ser publicista. Nos da un papel y me aprieta la mano bien fuerte. En Italia ahora mismo deben estar pensando que no existimos. España, sencillamente no existe por momentos como este. Los metros siempre parten llenos. Los árboles han dejado de moverse. Algún día quiero ir a Salvador de Bahía, donde a otro diste el amor, que hoy yo te devolvería. Mira esto, tío, es París. Míralo, es París. Qué quieres. Es París y todo lo demás es mentira. Es febrero y hace sol. Te quedan dos horas para conocerla. Es febrero y te quedan dos horas para conocerla. En algún lugar del mundo deben estar llorando, riéndose, clamando contra la tristeza, pero nosotros nos tumbamos al sol en París. No le mientas esta vez. Sé tu mismo. Nos veremos dentro de unos meses. Me vas a abandonar. Será ella. É lei. Hoy es febrero, y es once, y es dos mil once. Es capicúa. Brindo por este sol y por las tarde que nos quedan juntos. Ella te preguntará dónde has estado todas estas horas. Todas tus horas que forman una ciudad. Estamos en París. Déjate llevar. Estamos en París. Todas tus horas que forman una ciudad. Ella te preguntará dónde has estado todas estas horas. Brindo por este sol y por las tarde que nos quedan juntos. Es capicúa. Hoy es febrero, y es once, y es dos mil once. É lei. Será ella. Me vas a abandonar. Nos veremos dentro de unos meses. Sé tu mismo. No le mientas esta vez. En algún lugar del mundo deben estar llorando, riéndose, clamando contra la tristeza, pero nosotros nos tumbamos al sol en París. Es febrero y te quedan dos horas para conocerla. Te quedan dos horas para conocerla. Es febrero y hace sol. Es París y todo lo demás es mentira. Qué quieres. Míralo, es París. Mira esto, tío, es París. Algún día quiero ir a Salvador de Bahía, donde a otro diste el amor, que hoy yo te devolvería. Los árboles han dejado de moverse. Los metros siempre parten llenos. España, sencillamente no existe por momentos como este. En Italia ahora mismo deben estar pensando que no existimos. Nos da un papel y me aprieta la mano bien fuerte. Podría ser publicista. Será una madre que está haciendo un descanso en su trabajo. Vemos los labradores haciéndonos el paladar ceniza, desde un campo del sur de Francia. Las botellas de vino que nos habremos bebido. Apunta su dirección en un tique de compra. Que bien huele Ipanema en invierno. El Sena sigue desnudándose. París está llena de pequeñas cosas que terminan siendo grandes noches. Busca algo en su bolso. Cuarenta años. Nos mira muchísimo. Esa mujer debe ser prostituta. Somos eternos, pequeño fotógrafo de tristezas. El tiempo no pasa por algunos rincones de París. Algún día veremos de verdad el mar. Las parejas a nuestro lado, besándose como si nos besaran a nosotros. La mezquita que huele a té y a revoluciones verdes. A lo lejos el Sena curvándose como una mujer desnuda sobre una cama fresca. Bajo la cúpula de nuestro Gólgota. Y camina la tarde por Jardin des Plantes, en lo alto de un sendero luminoso y encendido de hojas secas. Veinte grados en París. En el lado más humano de los milagros. Llenos de vida, como si no existiera nada más grande sobre nosotros.