miércoles, 26 de enero de 2011

Cúpulas desde la Sainte Barbe



Unas veces la tarde tiene nombre de cafetería de la rue Gay-Lussac, justo en la esquina con rue d’Ulm, y ese nombre se llena de cristaleras que no se empañan con el frío, y se llena de transeúntes que caminan sin importarles las horas, los autobuses perdidos o las llamadas en espera. En otras ocasiones la tarde tiene un nombre más emocional, el cabello largo o recogido, y una conversación sobre las vidas paralelas, sobre los kilómetros de distancia que nos separan (Tú, que llamaremos tarde, y yo, que llamaremos libreta, lápiz sin punta, pavimento o simplemente Jardin du Luxembourg).

Pero hay otras tardes que, sin duda, se llaman Ucrania, palacios imperiales, cartas hacia Egipto, gafas negras de pasta, ligera rebeca azul sobre los hombros, vestido negro con falda, labios sutiles que muerden un bolígrafo, y la tarde al final se confunde con sus sinónimos y sus laberintos de personas y de palabras.

En este punto agarro mi libro, Rayuela, y voy descubriendo cada calle de París como si la habitara desde el año 1963, como se existiera todavía Charles de Gaulle, y el Pompidou solamente fuera un proyecto en la cabeza de unos pocos, y los metros no llegaran tan lejos, y los barrios fueran más oscuros y más bohemios, y el simple hecho de caminar por cada boulevard fuera motivo para pintar un cuadro, escuchar la mejor sinfonía o simplemente pararse a ver el mundo ante tus ojos.

Y en ese momento la lluvia deja de molestarte en la cara, y la sientes como un alivio fresco que corre por todo tu cuerpo, como si anduvieras desnudo y no se helaran tus músculos. Y alzas la vista, dejando a un lado el libro, y todo te parece diferente, porque la chica que tienes a tu lado se esfuerza por disimular que está estudiando, y que está muy interesada en lo que está estudiando, cuando en realidad lo que quiere es que le digas tu nombre en forma de Pardon, es que tu puex me donner un stilo cinq minutes? Y que tras hablar una media hora le pidas su número de teléfono, Es que tu veux un café avec moi? Y su sonrisa será el mejor si que has recibido en la historia.

Pero las cosas volverán a la normalidad. La chica que finge estudiar lo hace muy bien y no te corresponde una mirada, y te preguntas qué estás haciendo aquí, con un libro leído por placer y con un bloc de notas donde te pierdas por el Boulevard Saint-Germain hasta parar en Rue de Bac. Y recuerdas algunas frases en francés ya prediseñadas, y te acercas a ella y le susurras algo que ella no entenderá a la primera, pero si a la segunda, cuando su rostro haya tomado forma, sus labios acento y pasaporte, y sus manos dejen de hacen palabras y sean su voz.

Y si el café no existe no hay motivo de preocupación. Siempre está París, en cualquier esquina, en un quiebro de un edificio, en el cristal reflejado del vecino de enfrente, en una plaza con su trayecto de palomas y escolares que se dan la mano. Hoy estás muy guapa. Deberías venir más veces por la Saint Barbe. Te sienta muy bien este aire de intelectual que te dan las gafas, y esa falda negra que me hace amante de la lectura y de los mapas de tesoros perdidos.

A las siete en Place du Pantheon, iré de gris, para que puedas confundirme con la lluvia o la fachada de los edificios. Sonrisa. Allí estaré. Sonrisa. Yo en cambio iré de negro, que hace juego con mis gafas de pasta, mi falda y el pañuelo que me regalarás en este mismo café. Sonrisa. Además, ¿No sabes que a las chicas nos favorece mucho el negro? Sonrisa. Si, igual que el lunar que corre por tu mejilla izquierda, hasta llegar como un beso inesperado a la parte superior de tu labio. Sonrisa.

Y la tarde queda suspendida, entre libros, mesas que empiezan a vaciarse y un reloj que cuenta los minutos como si fueran pistas de hielo. A menos de cien metros la cúpula del Pantheon se hace niebla y fotografía delimitada por la Luna. Y hay un silencio de cristales por mi cuerpo que no sabe muy bien por qué no dejo esta estúpida sonrisa sobre mi cara.

domingo, 23 de enero de 2011

La Taberna Vasca


La radio que pasa en el dial, como si transportara una vieja canción. Carajo, estamos en París y afuera hace un frío de mil demonios. La gente fuma en las entradas de los edificios, en los pórticos que llevan hacia fiestas de ensoñación, con agrios vinos sin sabor a vino y con amantes futuras apoyadas en las sillas de espaldas.

Y nosotros, querido amigo de tristezas que se vuelven, de repente, en alegrías, estamos dentro de esta taberna vasca. Carajo, estamos en París y aquí dentro se respiran mil grados de historias ajenas y riojas embotellados en cristales franceses.

En Place de Italie los coches van poco a poco desaparecieron. Quién nos diría que un miércoles a las once de la noche estaríamos buscando morada, alejados de cualquier tipo de extravagancia. Hoy no te mires la cartera porque esta noche la siento realmente especial. No importa el dinero. Hoy comeremos como auténticos franceses. Deja tus libros en la bolsa porque esta noche la filosofía la haremos nosotros. Y brindaremos. Y tras brindar brindaremos de nuevo.

Mira hacia la izquierda. El camarero nos manda que nos sentemos junto a esas dos bellezas nórdicas. Seguro que alguno de nosotros terminará casándose con una de ellas. Pero tranquilo, me conformo con sacarle un saludo y una sonrisa al despedirse. Exígete, italiano, que ambos merecemos más que una sonrisa a plazo fijo.

Querido Vincenzo, a ti te veo, ya muy lejos de estas nieves parisinas, lejos de tus quirófanos de operaciones y de tus noches en la Opera escuchando la Pasión según San Mateo, te veo siendo un hombre que siempre observar hacia atrás. Tu mujer será maestra, dará clases de alguna lengua extranjera en un pequeño instituto en el centro de la ciudad y tú te especializarás en enfermedades mentales. Tendrás un ático muy bien amueblado, en el centro de nuestras ciudades, en Roma. Pero Vincenzo, mirarás a esa cristalera tan preciosa, y verás la cúpula de San Pedro, y te preguntarás por qué no escogiste otros caminos. Te preguntarás dónde quedó África con sus vacunas escasas y sus cataratas de hambre y de sed; el viaje por Marruecos, montados en un camello y fumando sobre cientos de alfombras y de dunas; y todas estas tardes caminando por el Sena en la búsqueda de algún café.

Y tú, querido Pepe, ¿Qué será de ti? Veo en ti los reflejos de una pequeña ciudad en la Toscana italiana. Una ciudad sin muchos alborotos. Una casa humilde pero suficiente, con una mujer venida de los países guaraníes, donde las palabras más coloquiales y las conversaciones más triviales se vuelven literatura. Y claro que la amaras, Pepe, como a nada en el mundo. Pero volverás la cabeza muy de cuando en cuando, hasta convertirse en una enfermedad terrible, a lo que llamaremos melancolía, y te dirás que dónde diantres han quedado todas las noches mirando los movimientos curvados de los cabellos de esa diva francesa que iba por las noches a sentarse a Notre Dame; y donde han quedado tus vidas en Cuba, bebiendo café y sentado bajo la sombra de un árbol tropical, viendo pasar motocicletas y perros felices; y sobre todo, te preguntarás qué has sido de todos esos libros que un día juraste escribir encendido por un endemoniado frenesí de experiencias, y que por aquellas alturas, ya habrás olvidado.

Queridos amigos, ¿Sabéis porque en un futuro no seremos felices? Porque en noches como está, donde en el exterior, en París, un miércoles, la ciudad nos recibe con menos tres grados, mientras vosotros dos os resguardáis en una taberna vasca, pagando una cuenta de cincuenta y tres euros, con una botella de rioja y dos vasos de Calvados, en una noche así, a pesar de la sonrisa efímera de la nórdica, vosotros, Italia y España en una misma mesa, fuiste dichosos, y conocisteis la felicidad.

jueves, 20 de enero de 2011

Fashion Marketing



Supongamos que yo tengo una hermana de veinte años a la que le gusta pasear por las tardes, después de salir de la facultad, y a la que le apasiona tanto la moda que estaría dispuesta a dejarlo todo por venir a estudiar a Paris a una escuela especialmente glamorosa.

Supongamos que desciendo con un amigo en la línea de metro 7, en la parada de Poissoniére, justo en el Boulevard Lafayette, y que marchamos por toda la calle como si fuéramos dos extranjeros despreocupados de exámenes, muertes prematuras, hipotecas, y que están buscando entre las telarañas de números impares el “Institut Supérieur Spécialisé de la Mode de Paris”. Estas dos suposiciones son primordiales para continuar con el hilo de la historia y no perderse entre datos y sentimientos de culpa.

Pero la trama empezó a construirse con una semana de antelación. La ciudad: la de siempre. Nuestra maravillosa y nocturna París, en una discoteca debajo de un puente (si, en España esas zonas están reservadas para vagabundos, locos, suicidas y buscadores de botellas vacías, pero en París es diverso). Mientras yo estaba siendo rechazado por una italiana que votaba a Berlusconi, mi amigo en cuestión estaba presenciando su vida en un espejo, el éxtasis, lo que la filosofía alemana llamaba “su otro yo”, el límite donde empiezan todos los bordes del universo… y Ella hablaba argentino. Yo nunca le vi la cara, pero la noche se quedó como un rumor de pasos, como una tormenta justo antes de la calma. Mi amigo desapareció y con el acabo la noche para todos. Él volvió solo con sus huellas en el suelo. Yo sólo con las mías, y un número mal entendido.

Ahora ya tenemos los antecedentes: una argentina venida de las profundidades de la belleza, mi amigo, enamorado perdidamente, y yo, con mucho tiempo libre para pasear por Paris y con una imaginación desbordante.

Y llegamos al día de hoy. Una tarde en la que debería estar en clase de poesía latina, mirando a la ventana el reducido sol de Enero y sin enterarme del idioma que me rodea en la universidad. Pero no. Agarramos esa parada de metro. Mi amigo recordaba que Ella estudiaba algo de moda, así que buscamos todas las escuelas de moda del centro de París, y por descarte localizamos exactamente la suya. Era en el barrio de la Opera. El barrio de los ricos. Allí no nos quieren a nosotros, que somos hijos de millones de crisis. Ni hablar. Hay que ir. Es Ella Pepe, es mi otro yo, y los amigos y París somos irrepetibles. Mi amigo tenía razón. Por los amigos se mata.

Tras quince minutos de semáforos en rojo, dimos con la encrucijada exacta. Yo me ajusté a mi papel. Aclaré mi garganta. Volví mis ojos hacia el francés y llamé al timbre. Tras unos minutos de suspense asesino, una secretaria entrada en la edad de no poder vestirse más como una adolescente nos abrió la puerta. Y allí empezó el recital. Le expuse mi caso a la señora; una hermana que estaba en España y que quería estudiar en esta prestigiosa escuela de moda. Hablé sobre mi familia: una madre que había estudiado en la el Instituto de Estética Walter Veltroni, antiguo alcalde de Roma derrotado por Berlusconi (evidentemente, no existe tal escuela, pero es curioso pensar que Berlusconi apareciera aquella noche en la discoteca en forma de voto negativo con la chica, y que asomara en esta tarde como una mentira piadosa para mi amigo). Mientras la secretaria me atendía con sumo interés, mi amigo buscaba por toda la universidad una lista, un documento, una foto, una clase, un rostro, algo que le portará de nuevo ante su Ella, ante su Yo mismo. Arrancó dos hojas de una libreta y escribió seis nombres: las sospechosas de ser argentinas (normalmente por los dos apellidos).

Tras unos diez minutos inventándome una vida que ni siquiera me gustaría tener, mi amigo me hizo una señal con la cabeza de que ya había tomado la información necesaria. Le dimos las gracias a la secretaria, tarareando Forever Young del viejo Dylan y mirando de reojo tras el cristal, donde treinta chicas jóvenes, ejemplos de cualquier amatoria, se apoyaban sobre cuadernos y bocetos de temporadas pasadas.

Afuera París nos dejó una tarde quieta, con el sol detenido entre los edificios modernistas y los cafés con sus parejas amándose. Y recordé cierta sensación vivida en Florencia, otros veranos, cierta sensación que se expresaba en los ojos de mi amigo y que también hablaba en argentino. Algo mezclado entre ilusión y fechoría. El amor es algo parecido a la picaresca. Tiene que estar cerca.

El café nos pareció más bueno que de costumbre, y teníamos la sensación de que las parisinas, con su indiferencia, nos pedían a gritos que las miráramos.

domingo, 16 de enero de 2011

Volveré a Región




Y llegas al aeropuerto. Las puertas del avión se abren. Te desabrochas el cinturón. Te despides de la compañera de vuelo, que ha hecho de dos horas pesadas entre tormentas una agradable conversación. Bajas. No hay maletas. Mamá, hoy no te traigo ropa sucia, como hacia antes cuando volvía de Granada. La ves, la primera, la más baja de todas y la que más se ilumina. Mueve los brazos detrás de la barrera. Tu hermano te espera con alguna broma, pensada matemáticamente durante seis meses. Y sin saber por qué, lo que más sientes es la cara de tu padre que finge la simple alegría cuando en realidad está llorando.

La ciudad es la misma, y es distinta. El castillo sigue iluminado como siempre, esas dos torres con cáncer. Las calles vacías. No estoy acostumbrado a estas calles vacías. Las mías siempre están repletas de gente, de gritos, de mujeres bonitas, de mendigos y de todas las lenguas del planeta. Y aquí reina la tranquilidad.

Pero pasan los días. Comprendes que todo lo que estaba en su sitio ha dejado de estarlo. Apenas se ha movido un centímetro más a la izquierda, o simplemente ha variado su aspecto. Pero tú lo notas diferente. Al principio solo es el nuevo peinado de una amiga, las nuevas gafas de Francesco o el nuevo orden de tráfico de una calle. Y todo comienza a ser diferente: las señales de tráfico, las distancias entre un punto y otro, las cafeterías, tus amigos. Ellos, los más inocentes, han aprendido a vivir sin ti, porque tu elegiste este camino hace tiempo, y pocos son los que te esperan al otro lado del teléfono, tras un paraguas o en la barra de un bar.

Recobras las comidas, el apetito por los pequeños placeres y apenas bebes vino que te ofrecen, porque intentas variar tus hábitos parisinos. Las series, eso si, la televisión se convierte en algo que ya se había apagado de tu vida, pero que te mira delante del sofá. Y pasan lo días. Poco a poco la gente vuelve a sus trabajos. Sale de sus hogares y toma conciencia de un nuevo París. Aquellos que no eran conocidos hace seis meses te llaman, porque te echan de menos y están delante de la Torre Eiffel (y solo hace quince días que no los ves), y si, llegas a la conclusión que la vida no es como los libros, que los cierras en una página determinada y cuando vuelves a abrirlos te esperan, con la misma paciencia de la escritura, en la misma línea donde los dejaste. La vida es diferente. El libro continúa su lectura aunque tú no lo abras. Unos se van. Vienen otros sin que lo sepas. Desapareces de unas agendas y entras en otras. Y al final uno tiene la sensación de estar a punto de lanzar la bola y quedarse sólo con los bolos que no has podido derribar, que no ha podido derribar la gravedad. Apenas veinte metros de carrera y una bola pesada.

Cuatro semanas. París de nuevo. Sus calles frías, que son las más familiares posibles. Y un libro que si me espera desde la última línea donde lo deje.

martes, 14 de diciembre de 2010

Historia de un paso de cebra (II): El camino de Winston Churchill


Estas cosas no suelen salir bien, pensaba Vincenzo cuando se despertó aquel diez de Diciembre. Pero tal vez si. Todo puede cambiar. Aún tenía fiebre. La había guardado durante toda la semana. Terminó de hacer su equipaje. Metió las pistolas en el bolsillo grande y las tapó con una toalla que no usaría. Se miró al espejo y vio un rostro sudado y empequeñecido. Le costaba controlarse.

Francesco no había dormido nada cuando apareció por la estación Gare du Nord, con un sombrero de pirata y las pupilas dilatadas por el alcohol. Se mantenía callado, con una pequeña bolsa que sostenía su mano y algo de comer para el camino. Andrea llegó junto a mí, con un frío sobrepasado en las orejas. Él estuvo parte de la noche pegado a la barra, bebiendo como nunca, como los enfermos. Yo apenas tomé un trago.

Entramos en el tren. Dos cerraron los ojos y dos no. Teníamos asientos separados. Si Hitler hubiera contado con este medio de transporte para ir a Londres ahora en Inglaterra se hablaría alemán, o no se hablaría, pensó uno de nosotros, pero en verdad, si este túnel hubiera existido con los romanos, probablemente no existiría la hora del te ni las libras esterlinas.

Fue un instante, un segundo, el tiempo que un pensamiento prende en lo más profundo del cerebro y sale al exterior por medio de la palabra. Ya estábamos en Londres, en la estación St-Pancras. Nos miramos extrañados. Era un día soledad. Todos miramos el calendario y en todos se aseguraba el mes de Diciembre, con una hora menos que antes, pero era Diciembre. Y el cielo era azul, como en los Agostos más tropicales.

Caminamos hasta el albergue. No hablábamos mucho. Estábamos nerviosos por la misión que debíamos cumplir. Andrea se paró a tomar un café y todos le acompañamos.

Y todo me vino de repente, como un golpe de whisky que se toma por azar, sin aviso, a palo seco y que entra por la garganta y te quema por dentro. Era la misma ciudad que años atrás me había fascinado, con sus gentes diferentes y a la vez iguales, con la viveza de las calles que nunca descansan, con las afueras hechas centro y los gentleman con los sombreros y las corbatas allanando el camino de los ingleses. Y vi a mi hermano, cerca de mí, pero algo retirado. Este trabajo lo debía hacer yo solo, con los tres camaradas italianos. Pero el diez de Diciembre me venía siempre a la cabeza, el día que se da el premio Nobel, el día que visité Estocolmo, el día que nos dejó mi abuela, el día del asalto definitivo a Londres.

Y esperé encontrar una ciudad devastada por las bombas. Esa ciudad fustigada día y noche durante los años cuarenta, con escenas de héroes tras los escaparates, con palas, viviendo en el metro, y postales de los monumentos ennegrecidos y derruidos, con ese señor gordito que hacía de presidente, fumando otro puro y moviendo las manos como si escondiera algo importante. Y después otro puro, y después otro, como si fueran manzanas, como películas en blanco y negro, y otro, y otro.

El café sonó más veces aquel día. Nos adentramos en Notting Hill, giramos la perpendicular del gran parque y nos adentramos en Portobello Road. La calle estaba semidesierta, como si alguien hubiera avisado de nuestra llegada y todo el mundo se hubiera ido a esconderse en sus casas de dos pisos. Algunos comercios seguían abiertos y se vendían réplicas de Picasso y de Rembrandt, a la par que balones de futbol de los años treinta y relojes de pulsera plateados. Estuvimos toda la tarde deambulando por esas calles grises y de chimeneas, y todos nosotros, los cuatro, muy dentro, pensábamos que había una misión que cumplir, una vieja tarea, una cuenta pendiente con la vida. Nos hablaron hace tiempo de un paso de cebra que fulminaba la vista en Londres, no muy retirado del centro. No aparecía en los carteles, no se ubicaba en los mapas.

Van a tener que correr mucho esos cabrones para agarrarnos, dijo Andrea minutos antes de que Vincenzo, fumando otro cigarrillo, me sostuviera del hombro para indicarme que esa chica que cruzaba la calle por el otro extremo nos había identificado.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Historia de un paso de cebra (I): El atraco al banco.


Ellos, a esas horas, deberían haber terminado de robar un banco, a punta de pistola, de esas que se clavan en las nucas y en las frentes y te dejan seco, sin respiración, sin más aviso que los estruendos y los gritos. Tal vez esa noche en realidad ellos no hicieron nada de eso, sino que frecuentaron uno de aquellos bares de señoritas del amor, de esas mademoiselle que te hacen contar toda tu vida en una hora, desnudo, a los pies de una cama ajena.

Pero aparecieron misteriosos, esperando en un paso de cebra atravesar una calle, cerca del Hotel de Ville, justo en la primera tangente con Sebastopol. E iban solos, los tres, con abrigos diversos y confundiéndose en la oscuridad, como pistoleros salvajes, ladrando en silencio y escupiendo en cada calle al torcer la esquina.

Serían las doce de la noche de un día del mes de Septiembre. Lo recuerdo perfectamente. Esa tarde había ido al Louvre con una chica con la cual creía que podía pasar algo. Cenamos en un restaurante barato, en un costado de Saint Michelle y más tarde compramos una botella de vino y la bebimos en las orillas del Sena. Cuando la acabamos ya no quedaba nadie en el paseo y los patos estaban demasiado borrachos y drogados para emitir sonidos. La acompañé a casa y le di un beso en las mejillas. Yo esperaba algo más. Siempre espero algo más del resultado obtenido. Pero esa noche todo fue un beso en las mejillas.

Yo me dispuse a volver a casa, pero recibí la llamada de un amigo. Dos españoles me esperaban en Rivoli para terminar la noche con unas cervezas tibias. Agarré el último metro, el más rápido y mentiroso, y llegué al punto de encuentro, con algo de desilusión y de embriagadse en el cuerpo. Solo quería despejarme y no irme a dormir con la cuba y el calentón de la derrota.

Entramos en un bar. La música era una mierda y había un cocodrilo en la entrada que nos daba la bienvenida. Tras cuatro cervezas no sabíamos si quedarnos a beber más o a despedir la noche en otro bar. Lo dejamos todo para la diosa fortuna. Tiramos una moneda al aíre y esta se cayó tras la barra. Salimos. Nos echaron. No contábamos para la ciudad.

En la calle nos esperaban unas chicas que en aquel momento nos parecían interesantes. Ahora mismo no mucho. El tiempo cambia todas las perspectivas. Y de lejos vimos llegar a los tres pistoleros. El de la izquierda era muy alto y moreno, con los ojos pequeños y oscuros. Su piel era morena y se podía confundir fácilmente con un turco o un habitante de oriente medio. Su nombre correspondía al de Vincenzo. El del centro tenía una extensa barba pelirroja y el pelo encrespado, como un soldado viquingo. Su mote era el de barbone, pero su nombre verdadero era el de Francesco y tenía una mirada que escondía mucho más de lo que dejaba ver. El tercero era pequeño, muy bajito. Verdaderamente tenía estilo al vestir y movía constantemente su pelo, como un resultado del viento. Andrea, el chico de Latina, amante de los coches.

Nos presentaron y el momento fue frío. Calculado. Yo iba pasado de rosca y ellos se presentaron muy tímidos. Ellos, esperando al otro lado del paso de cebra, a que el semáforo indicara el monigote verde, y nosotros, los tres españoles, mirando esas tres siluetas misteriosas con pinta de película de gangster.

Volvimos a vernos a lo largo de toda la semana. Las relaciones se intensificaron. Yo solía ir a casa del barbone a cenar. Ellos hacían la pasta y yo llevaba el vino y la barra de pan.

Un día, ya en el mes de Noviembre, entramos por casualidad en Gare de Nord y vimos una oferta: París-Londres, 70 euros en tren; dos horas y media de trayecto. Empezábamos a conocernos, a saber las manías de cada uno, a saber soportarlas. Hicimos una cola de diez minutos y esa noche celebramos en casa de Vincenzo que teníamos cuatro billetes para ir a Londres. Pero para aquel viaje aún quedaba un mes todavía. Faltaba un mes y muchas cenas con cigarrillos revestidos y muchos bares que cerraban sus puertas en nuestras putas narices.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Ben Seni Sevdugumi



Unos días viene y otros no. Depende siempre del calendario. Algunas veces avisa de su ausencia, que no suele extenderse más de una semana. Otras veces aparece, fugitiva, con los ojos oscuros de bienvenidas y de mañanas de frío y paisajes requeridos en la pintura.

Y uno se acostumbra a verla pasear por los pasillos. La chica que vino de Turquía, un día de Septiembre, de primeros de Septiembre. Un día que al parecer, sonaba a verano. Y entró por la puerta de repente, en la clase de francés para inexpertos, con sus aires de mujer detenida en el tiempo, como si el Bósforo se exprimera en su pelo, entre la pizarra llena aún de tiza y los cristales que nos mostraban a una París todavía soledad.

Y al principio hablábamos, despacio, sin prisas. Nuestro francés nos daba para un café (azucarillos de papel y chocolate negro de regalo) y una despedida blanda e inestable. Pero pasaron los meses. Su francés mejoró rápidamente. Sus labios se movían a una velocidad sincera entre las erres guturales y las palabras mezcladas con el inglés. Y los cafés se fueron convirtiendo poco a poco en tes, en conferencias sobre lo bonito que sería visitar Estambul en verano, toda la costa Mediterránea, ver los puentes que penden sobre los dos continentes y dejar que el viento haga lo suyo en los ojos de ambos.

Pero Noviembre nos trajo días de absoluta paz, donde pasaban las horas por nosotros sin darnos cuenta, y otros momentos donde muchas tempestades se acercaban a nuestros caracteres, siempre opuestos, siempre atrayentes. Un Noviembre viendo todos los días la lluvia cayendo por el cristal, detestando como los que más la escuela, de la que somos partícipes y cómplices, visitando como el que va a un museo de historia la clase de francés, leyendo nuestros libros particulares, en lugar de atender a la profesora. Y Noviembre fue un descubrimiento para ambos. Fue la amistad entre la ensalada, los relatos de Andalucía mora, y el café diario de las miradas intensas. Era verla pensar, apoyada la cabeza en la ventana, y descubrir en sus ojos una atmosfera, otro París distinto al mío.

Escuché hace tres años en Granada una vieja canción turca. El cantante murió de cáncer cuando aún era joven. Cantaba en un dialecto del Mar Negro. Su acento me atrajo la primera vez que lo escuché. Era distinto a lo que había escuchado antes. Me dieron ganas de agarrar un auto y recorrer toda Turquía, al son de sus violines y de sus palabras incomprensibles. Una mochila medio llena, y un mapa por crear en la cabeza. La casualidad me hizo volver a escuchar esa misma canción a través de su voz, de la chica turca. Reconocí al instante el estribillo que salía de su boca; esa canción que decía en turco “He contado a todo el mundo que te amo, He contado a todo el mundo que te amo, tú bajaste las cejas ¿He matado a tu padre, a tu padre?” Y la intenté cantar en turco, y ella me ayudaba, pero se me resistía el idioma, y no parecía tener fin ese café que se renovaba cada día entre nosotros.

La semana pasada partió hacia su casa. Regresó a Estambul, a sus amigos, a sus pertenencias, a sus amores, a sus familiares, a sus puestas de sol, a sus pañuelos coloridos y sus pájaros volando sobre las mezquitas y las medias lunas. Volverá pronto, pero durante todos estos días he visto el comedor un poco más vacío, he visto más cantidad de nieve en la calle, más fría la lluvia. He visto los libros más pesados. He visto la monotonía más dura y sincera. Ella ha vuelto al lugar que le pertenece. Yo lo haré en breve. Los cafés se quedarán fríos, sin sabor. Los tés no serán nunca más alucinaciones y principios de viajes con sabor a vainilla.